“Hablás y morís”: testigos protegidos pagan con sus vidas o las de sus familias si declaran

Nerina Monzón camina entre tumbas, abre la puerta del mausoleo y cambia las flores marchitas a los pies del cajón de Carlos Argüelles, un testigo protegido que fue asesinado por sicarios en Rosario. Hace siete meses repite el mismo ritual en el cementerio de Granadero Baigorria, a 10 kilómetros de la ciudad donde los narcos marcaron una época con sangre.

La viuda no lo oculta: “Carlitos” no era ajeno a la actividad criminal. Trabajaba para Esteban Alvarado, líder de una banda narco enfrentada a Los Monos, el triple crimen de Rosario. “Le manejó un taller donde hacía chapa y pintura. Ahí era donde le armaba los autos”, admite su expareja y lo exculpa: “Nunca se involucró con homicidios ni droga”.

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Nerina deja flores en la tumba de Carlos Argüelles. (Foto: TN).
Nerina deja flores en la tumba de Carlos Argüelles. (Foto: TN).

El chapista estaba muy cerca de Alvarado, el archirrival de Los Monos. Tan cerca que se convirtió en una especie de confidente de las atrocidades que cometió el capo, quien ahora preso en el penal de Ezeiza y al que varios vinculan al triple crimen ocurrido en cercanías de Rosario tras una boda narco.

La declaración de Argüelles que lo mandó a la tumba

“Personalmente, viene y me dice: ‘Podés creer que este gordo hijo de puta no aparece y pasás y se le ven las patitas’”.

En su declaración ante la Justicia, en agosto de 2020, Argüelles se detuvo en ese episodio en particular cuando su exjefe le comentó al pasar la ubicación del cuerpo de Lucio Maldonado, el prestamista que fue secuestrado y ejecutado, en noviembre de 2018.

“A mí me agarró como un escalofrío, dado que el 26 de diciembre del año 2000 yo perdí a mi hija que se ahogó y, esperando que me den el cuerpo en la cochería, llovía. Y cuando él me dice que no aparecía (por Maldonado), llovía tanto… y yo me puse a pensar en ese hombre. Me agarró una angustia muy grande porque su familia lo estaría buscando y él ya estaría muerto ahí y mojándose”, recordó con la voz quebrada ante los fiscales Luis Schiappa Pietra y Matías Edery.

Ahora, Alvarado está siendo juzgado por ese asesinato y Argüelles ocupa un espacio en la cripta de la familia de su primera esposa, justo debajo de su beba de un año y medio. “Todos coincidimos que él tenía que estar acá, junto a su hija”, remarca Nerina, cerca del cajón adornado con fotos y otros recuerdos.

La mujer, madre de Augusto, el último hijo de Argüelles, no siente rencor. “Yo sabía que iba a declarar y lo apoyé. Él también lo hizo porque perdió muchos amigos y sentía esa carga, ese pesar en su corazón”.

Quería hacer justicia por esos amigos a los que habían matado. Estaba cansado de ver tanta maldad. Él estaba al borde de todo. Gracias a Dios pudo hablar y dejar esa mochila”, suspira.

Carlos Argüelles junto a su hijo Augusto. (Foto: TN).
Carlos Argüelles junto a su hijo Augusto. (Foto: TN).

“De parte del Estado, fue un abandono total. Si bien nos pusieron custodia, tuvo que dejar de trabajar. Le daban un subsidio de 30 mil pesos. Fueron meses de juntar deudas. Cuando no se pudo más económicamente, tuvo que salir y al trabajo iba solo. Y fue ahí donde lo fueron a buscar para asesinarlo”, cierra.

La declaración de Argüelles, en la que enumera, uno por uno 40 homicidios que habría ordenado el capo, fue clave para desentrañar la red mafiosa. Pero no fue el único que habló.

La causa tiene otros tres testigos: Nicolás “Fino” Ocampo, exsicario, y los hermanos Mariana y Rodrigo Ortigala, examigos del capo. El primero fue ultimado, la segunda, baleada y el tercero debió abandonar la ciudad.

“Carlos Argüelles era mi papá, yo presencié su asesinato”

“Carlos Argüelles era mi papá. Yo presencié su asesinato”, dice Kevin sentado en uno de los bancos del cementerio. El homicidio, tras algunos intentos fallidos, ocurrió el 6 de septiembre de 2021 en el taller de Garay al 350, donde ambos trabajaban.

“Escucho cinco disparos, me doy vuelta y no veo a mi papá”, comienza a relatar mientras le tiemblan las manos. “Agarro a mi hermanito Augusto y lo llevo con Neri, después agarro una barreta, salgo y el chico que le disparó a mi papá, me dispara a mí también. Tuve suerte, sino seríamos dos víctimas”, sigue.

“Después lo veo a mi papá en el suelo. Lo vi mal, traté de hablarle, de ayudarlo como pude, pero tuvo la desgracia de no poder contarla”, detalla. Argüelles recibió dos tiros en la cabeza y uno en el glúteo derecho. Murió en el hospital de Emergencias “Clemente Álvarez” (HECA), al que llegó en grave estado.

Kevin Argüelles, hijo del testigo acribillado. (Foto: TN).
Kevin Argüelles, hijo del testigo acribillado. (Foto: TN).

“Nosotros nos cansamos de pedir una custodia en el taller, un patrullero aunque sea. Alguien que esté ahí para que no estemos solos. Si no salíamos a trabajar, no teníamos para comer”, se queja Kevin. “Ahora no nos cuida nadie, teníamos esa custodia que te llamaban por teléfono para ver si estás bien, hace meses que no me llaman a mí”, agrega.

“Mi papá fue un héroe. Hacer lo que hizo… Fue muy valiente. Él no la estaba pasando bien. Lo internaron en una clínica psiquiátrica, tenía ataques de pánico, no dormía. Estaba muy angustiado, mucha tristeza tenía”, dice.

“En Rosario hay muchas familias como nosotros, ya no se puede vivir así. La Justicia tiene que actuar”, reclama el joven de 21 años.

“Empezás como socio, después sos empleado y terminás siendo un cadáver”

El Centro de Justicia Penal de Rosario es uno de los sitios más custodiados del país. Sin embargo, cuando Mariana Ortigala -otra de la testigo de la causa Alvarado- aparece por uno de los extremos del perímetro vallado, la tensión se eleva entre los uniformados. La mujer, que camina hacia el centro de la plaza, es objetivo de posibles atentados.

“El problema no es ir a los lugares, el peligro es irme porque no sé quién puede estar siguiéndome”, advierte a TN sobre el alcance que tiene Esteban Alvarado en cada rincón de la ciudad.

También testigo protegido, Ortigala es una figura controvertida: fue amiga del jefe narco y de su exesposa, Rosa Capuano. No reniega tampoco de su actual vínculo con Vanesa Barrios, esposa de Ariel “Guille” Cantero, y su consecuente cercanía al líder de Los Monos.

“Prefiero que me cuide Guille y no la policía”, dice de forma no tan irónica sobre su seguridad. Sabe que vive con una sentencia de muerte sobre su espalda.

“Yo no hice negocios con Alvarado, pero mí hermano Rodrigo y mi esposo, sí. Yo le alquilé algunos departamentos a la hermana de Rosa en la inmobiliaria. Lo viví desde adentro. Siempre me fui enterando de todo”, remarca para dar entidad a su declaración.

“A Esteban lo conozco desde que él se inicia en el narcotráfico. Antes se dedicaba al robo de autos. Fui conociendo el tema de los talleres, qué hacían con los autos robados, chocados, volcados… que él tenía una profesión de eso”, relata.

“Él te conoce, ve algo de vos productivo, te incentiva, te hace crecer en eso y te saca el negocio. Empezás como socio, después sos empleado y terminas siendo un cadáver. Pasó con todas las personas que trabajaron para él. Esteban no pierde nunca: se queda con tus bienes y nadie se opone. Sabés que hablás y morís”, dice contundente.

“Yo me iba enterando de crímenes, de robos. También del homicidio de Luis Medina, que fue su socio”, enumera. “A mi hermano lo intentó matar y no pudo. Tuvo que abandonar la ciudad”, indica.

Mariana Ortigala en su cocina luego de ser baleada (izq.) y al recibir su título antes de declarar contra Alvarado. (Foto: TN)
Mariana Ortigala en su cocina luego de ser baleada (izq.) y al recibir su título antes de declarar contra Alvarado. (Foto: TN)

La relación entre el narco y los Ortigala se quebró en 2012, cuando descubrió que Rodrigo tenía una relación amorosa con su esposa. “Desde siempre nosotros denunciamos, pero las causas iban quedando archivadas. Hay muchas familias como nosotros que no hablan. Y es entendible: no es fácil estar en este lugar, perdés la vida”.

“Me parece totalmente injusto irme. Yo empecé este camino y viva o muerta lo tengo que terminar. Tampoco es fácil el desarraigo. Cuando lo mataron a Carlitos, me llamaron del sistema de protección de testigos y me ofrecieron ir a vivirme a una comisaría de Santa Fe, esas son las posibilidades que te da el Estado”.

“Es una pena este mega esfuerzo que están haciendo los testigos, los fiscales, parte de la policía, si Esteban (Alvarado) sigue manejando el Servicio Penitenciario. Todo va a ser en vano porque adentro de la cárcel tiene más poder. Desde un teléfono maneja todo Rosario”, se lamenta.

“Hablás y morís”: testigos protegidos pagan con sus vidas o las de sus familias si declaran

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Producción periodística: Cecilia Di Lododovico

Coordinación periodística: Yanina Sibona

Edición de video: Nadina Barello

Camarógrafos: Nicolás González

Diseño gráfico: Lucila Stolar

Edición web: María Fernanda Alonso

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