La UCR y el PRO profundizan sus diferencias: ¿camino al divorcio?

Como si faltaran problemas, con un oficialismo estallado, entretenido en irresponsables disputas de palacio, mientras la economía se complica más y más, se suman en estos días peleas también intensas en JxC, que enfrenta una interna enredada, con múltiples precandidatos, expresando ideas bien distintas, que parecen cada vez más distintas.

Es obviamente un dato que suma incertidumbre, a un escenario ya suficientemente cargado, que, salvo Javier Milei, no tengamos candidatos definidos para 2023, en ninguna de las fuerzas en competencia, ni los vayamos a tener tal vez hasta dentro de más de un año.

Sin embargo, más allá del paralelismo algo superficial que se pueda hacer entre el oficialismo y la principal oposición a este respecto, la situación es muy distinta.

Primero, porque las peleas en el primer caso son consecuencia de un fracaso, que nadie quiere cargar en sus espaldas, mientras en el segundo está en disputa la perspectiva de un éxito, que quien sea su candidato el año que viene tiene altas chances de convertirse en presidente. Y el éxito unifica. Aunque es cierto que, si esas disputas se salen de control, esta diferencia podría evaporarse.

Segundo, porque nunca los sectores moderados pesaron lo mismo en un caso y en el otro: el FdeT solo simuló ordenarse hacia el centro y la moderación, para ganar en 2019, y hasta sus referentes más “razonables” se han cansado de rendirse a los mandatos de la radicalización. La última evidencia al respecto la ofrece el acuerdo con el Fondo, que tras cartón de firmarse ya está incumpliéndose, abiertamente.

En tanto JxC, al menos hasta aquí, siempre privilegió, dentro de su espacio, las opciones moderadas. Así lo hizo durante el gobierno de Macri en los temas más gravitantes, sacrificando en ocasiones en demasía las posibilidades de introducir reformas. ¿Puede esto estar cambiando? ¿Es mejor que así sea, porque un electorado crecientemente decepcionado lo está exigiendo? Y de ser este el caso, ¿podrá esa coalición procesarlo sin entrar en crisis? Veamos.

La grieta también alcanza a Juntos por el Cambio

Hay quienes piensan que la línea de quiebre de la política nacional, la llamada “grieta”, se está trasladando a JxC, a medida que el FdeT se vuelve más y más inviable, tanto política como electoralmente. Gerardo Morales y Patricia Bullrich podrían terminar siendo promotores y protagonistas principales de esta confrontación, en el seno de la alianza opositora. Con efectos potencialmente disolventes sobre ella: un acuerdo que sobrevivió a años de penurias y fracasos tal vez no soporte la inminencia del triunfo.

Si los mencionados líderes de la UCR y del PRO avanzaran en esa dirección será porque creen que así crean mejores condiciones para desplegar sus liderazgos, y JxC ya no es el instrumento adecuado para lograrlo. Estarán apostando a movimientos electorales más profundos que los presenciados en los últimos años, resultado de una crisis de confianza aguda, algo que se palpa ya en el aire, y el consecuente “estado de disponibilidad” de una gran masa de votantes.

Y tal vez acierten. Aunque más probablemente, y a la larga, descubran que, mientras creían estar ampliando sus posibilidades de formar mayorías, ganar elecciones y ejercer el gobierno, habrán estado en verdad limitándolas, y creando condiciones para una nueva frustración política.

Porque es mucho más fácil destruir coaliciones y acuerdos que forjarlos, no es sencillo llevar a un partido de la nariz de un lado para el otro, ni siquiera cuando un contexto de crisis galopante y consecuente angustia colectiva justifica que sus líderes saquen pecho y den volantazos para un lado o el otro.

Por ahora no parece que ninguno de los dos apueste a algo por el estilo: lo que sí están intentando es reorientar y reformatear la coalición, para ponerla más en línea con lo que ellos creen reclama la mayoría de la sociedad, y coincide, curiosamente, con lo que desean hacer. Afirmados en esa sólida autoconfianza es que se tientan a jugar con fuego, en el límite, y resienten los constreñimientos impuestos por sus propias estructuras partidarias y los acuerdos entre ellas.

El problema es que abren así un escenario que, aunque no hayan querido (como declaman repetidamente, seguro que con sinceridad), bien podría conducir al peor resultado para el marco de alianzas en que hasta aquí han venido actuando, y prosperando.

En esta línea, Patricia Bullrich insistió en los últimos días, atenta al hecho según ella comprobado de que “los votantes se cansaron de las opciones moderadas” y quieren definiciones tajantes, en mostrar simpatías con Milei. Desoyendo las advertencias de los radicales, la CC e incluso algunos miembros del PRO en cuanto a que no aceptarían un entendimiento con él. A lo cual la jefa del PRO respondió algo así como que “entre la gente y las corporaciones elige la gente”.

Tal vez para contrarrestar este giro populista de su por lo demás muy republicana colega de la Mesa nacional de JxC, Gerardo Morales días atrás se reunió con varios peronistas disidentes, entre ellos Juan Schiaretti, Florencio Randazzo y Graciela Camaño. Además, cada vez que tiene un micrófono cerca, destaca que el radicalismo no avalaría jamás “políticas neoliberales”.

Buscar diferenciarse con la elección de 2023 en el horizonte

Se podría interpretar de esos gestos que, a medida que se vuelve más seguro un triunfo de la coalición opositora el año que viene, sus principales líderes extreman su diferenciación, y no pueden evitarlo porque, ante una competencia muy cerrada como la planteada en ese espacio, necesitan captar electores más y más distintos, que la frustración generalizada encima pone al menos potenciamente a su disposición.

Se intensifica, en consecuencia, el enfrentamiento entre heterodoxia y ortodoxia económica, entre reformismo liberal y prebendarismo estatista, entre productivismo y distribucionismo, y demás clivajes que hasta hace poco parecían enfrentar a todos ellos contra el FdeT. Con lo cual, paradójicamente, se agrandan las dudas sobre si JxC podría gobernar, si siquiera conviene correr el riesgo de dejarlo hacer de nuevo el intento, y se alienta a pensar que, si va a haber ruptura, mejor que sea antes y no después de la elección.

El “método” que cada uno prefiere para resolver este intríngulis también tiende a diferir más y más. Los dos dicen apostar a las PASO, pero para ellas falta más de un año y mientras tanto echan mano a recursos claramente contradictorios entre sí.

Bullrich dice confiar solo en el voto, no en los acuerdos de cúpulas o “corporativos” como los llama. Para no hablar directamente de “casta”, pero aludiendo, con similar desprecio, a las instituciones partidarias. Y el problema es que ella justamente es cabeza de una de esas “corporaciones”, de un partido nuevo, pero que es parte de la “casta” hace ya muchos años.

Difícilmente logrará que la disculpe de esa condición su soñado acuerdo con Milei. Que, recordemos, en serio expone y aplica, cada vez que puede, su desprecio por las organizaciones y los “acuerdos de cúpula”: no tiene mayor empacho en ignorar a sus socios de Avanza Libertad, a Espert ni lo saluda cuando se lo cruza en Diputados, menos que menos comparte con él un bloque. ¿Por qué se iría a comportar de modo distinto en un eventual entendimiento con Bullrich? ¿Cuánto falta para que le reproche a la presidenta del PRO su “inconsecuencia”, alentado por el hecho de que terminen compitiendo por los mismos votos?

Patricia Bullrich y Javier Milei en el estudio de A Dos Voces. Foto: Captura TN
Patricia Bullrich y Javier Milei en el estudio de A Dos Voces. Foto: Captura TN

Morales, por su parte, parece decidido a ir en busca de los votos que se alejan del oficialismo, acercándose no solo a los votantes sino a la porción de la “corporación” peronista que podría representarlos. Mostrando a un radicalismo que enarbola su misma sensibilidad social, su preocupación por el desarrollo del interior del país, su compromiso con el intervencionismo estatal, el proteccionismo económico, en suma, con todo aquello que caracteriza, desde Néstor Kirchner hasta hoy, al modelo económico vigente.

Modelo que, pareciera Morales desconoce, está ya por completo agotado, y tan agotado está que ni siquiera los peronistas lo defienden: se han replegado a la política local, se niegan a votar, o hasta votan a Milei. ¿Por qué iban a creer que un radical podría revivir lo que ellos mismos dan por acabado?

Con todo, apostar a un voto defensivo y conservador, en un momento de gran incertidumbre, no parece en principio una mala idea. Pero es curioso cómo se repite un síndrome entre los líderes de la UCR: el de hacer denodados esfuerzos por proveer de una sobrevida a proyectos forjados por el PJ, cuando él mismo ya se resigna a desecharlos; le pasó a Alfonsín con la economía cerrada y asistida en los años ochenta, y a De la Rúa con la Convertibilidad en los noventa. En los dos casos con pésimos resultados, que no podrán ser mejores si Morales decidiera imitarlos, obviamente.

¿Alguien o algo puede evitar la deriva a la que conduce esta creciente distinción de “proyectos” en el seno de JxC? Esa es la tarea que suele cumplir el centro político. Y el tipo de problemas que las coaliciones de partidos sirven para resolver, cuando tienen reglas adecuadas y objetivos básicos bien en claro: ofrecen medios y oportunidades para acordar diferencias, intercambiar costos y beneficios, tender puentes intertemporales para las expectativas en tensión.

Puede que Bullrich tenga razón en que convenga disminuir la dosis de centrismo con que hasta aquí JxC se ha manejado, para no dar la impresión de que su vocación es administrar lo que hay, como en gran medida hizo entre 2015 y 2019, y Alberto, un insaciable consumidor de la paciencia ajena, está agotando como posibilidad en cada vez más terrenos.

Y también en que, ante la crisis de confianza, los liderazgos conviene construirlos lejos del juego institucional. Pero si la alternativa es confiar a suerte o verdad en la intuición de un líder, en recetas mientras más simples mejor y apoyarse tan solo en el malhumor de las masas, las chances de éxito tampoco van a ser muchas.

El gobernador de Jujuy y presidente de la UCR, Gerardo Morales, dijo que el radicalismo no avalaría jamás políticas neoliberales.  (Foto: TN).
El gobernador de Jujuy y presidente de la UCR, Gerardo Morales, dijo que el radicalismo no avalaría jamás políticas neoliberales. (Foto: TN).

También Morales tiene su cuota de razón, en particular en cuanto a que una salida “a la Menem” no es viable: desmantelar el Estado y esperar a que solo con eso los mercados surjan y funcionen solos es una fórmula que se demostraría insuficiente, en las actuales circunstancias, mucho antes que en los años noventa. Aunque sería de desear que el jefe radical también explique el tipo de cambios que sí quiere, dado que para opción favorable al statu quo ya los votantes tienen a quiénes recurrir.

En el medio queda, además, un amplísimo espacio de posiciones intermedias en JxC, que puede o no ser mayoritario, según si logre o no convencer a los votantes de que la moderación no es sinónimo de tibieza ni de indefinición, pero en cualquier caso será fundamental para sostener en el tiempo un experimento reformista, que no se agote apenas empiece a andar, o cuando le falte impulso social, escasee la intuición del jefe o entren en tensión sus fines de corto y mediano plazo, como ya sucedió en reiteradas ocasiones de nuestro pasado reciente.

Imposible saber hoy qué combinación de ofertas a unos y otros será la que se imponga en las próximas elecciones. Lo seguro es que sea quien sea el que gane, y más allá de cómo lo haya logrado, recién habrá empezado el camino para construir una salida. Mejor que en ese primer paso no se haya enemistado con el resto del mundo, ni se haya cerrado demasiadas puertas para innovar, negociar, ceder y sumar.

Alimentar hoy la desconfianza dentro de JxC a algunos puede parecerles inocuo, irrelevante, y para el proceso de selección de candidatos puede que lo sea, pero más adelante tal vez tenga que pagarlo y no encuentre cómo.

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